CONTRASTS: U.S. AND MEXICAN PRESIDENCIES

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BY LUIS RUBIO

Conflict is the essence of politics, since it is the art of negotiation that allows conflict to be faced, managed, and processed. The most fundamental difference between societies facing conflict lies in how they resolve it, not in the very fact of its existence. Last week, Washington was a unique showcase for both sides of the conflict: its explosion and its resolution. “The measure of a country,” wrote John Kampfner, “is not the difficulties it faces, but how it surmounts them.” How do Mexicans compare to that?

Trump was never a normal president. Since his campaign to win the presidency, he has shown himself to be a challenger to the institutions and the traditional ways of doing things. In recent weeks, he dedicated himself to denying the electoral outcome and mobilizing his followers to force a change in the result, even inciting them to take control of the Congress, which with grandiloquence has come to be called the “chapel of democracy.”

In this, Trump broke with the essence of democratic politics, which starts from the principle that all participants accept the rules of the game. Like President López Obrador, Trump only accepts rules that favor him, and yet the chaos that his attitude caused did not last more than a few hours. By the following early morning, Joe Biden had been formally declared president-elect and numerous publications, including many favorable to Trump, had called for his resignation.

Behaving like a vulgar Third World strongman who privileges loyalty over anything else, Trump surely envisioned that his party and the people he had nominated or supported for various positions would come to his rescue. What is shocking in recent weeks, but normal in a country with strong institutions that transcend the individuals involved, is the way the conflict was processed and overcome. The list of those who terminated his legal and political recourses is more than revealing because it was mostly Republicans who ended Trump’s opium dreams and his malicious tactics.

It was Trump-appointed judges who rejected his legal recourse to eliminate state-by-state votes. It was Trump's Supreme Court-nominated justices (on whom Trump presumably pinned his hopes that he would be protected) who rejected his calls for salvation. It was the Republican governor of Georgia, whom Trump supported in his election, who refused to bow to Trump's pressure. It was the Republican leader of the Senate, Mitch McConnell, who opposed the maneuvers that Trump demanded to prevent the certification of Biden’s election. It was Senator Tom Cotton, one of the most hard-core Trumpists, who openly condemned Trump’s actions, perhaps indicating that, once he leaves, Trump will not be as threatening to Republicans as many imagine.

And finally, it was Vice President Mike Pence, perhaps the most submissive and loyal of his collaborators, who adhered to the constitutional rule that put the last nail in the coffin of Trump’s presidency. To end the violence, the police and the National Guard did not hesitate to fulfill their responsibility to restore order to allow the legislative process to proceed.

In the recent U.S. election, noisy and conflictive like few others, it was the institutions and those responsible actors who triumphed by adhering to the rules of the game because that is the essence of democracy and of their function. As much as Trump pushed and threw tantrums, even some of his closest advisors chose to distance themselves.

The contrast could hardly be greater: in Mexico, for at least the years between 2006 and 2012, López Obrador paralyzed Mexican politics and prevented his party, the PRD, from participating in legislative debates. Today, his only mission seems to be to eliminate anything that hinders his lust for power, even if this implies the impoverishment of the population, particularly the one that made it possible, with its vote, for him to win the presidency. His collaborators, before and now, have behaved as loyal servants to his cause, never privileging the institutions and superior values of the country’s development. The contrast is overarching.

Mexico is about to start the race for the renewal of the lower house of Congress, 15 governorships, and hundreds of municipalities and local legislatures. The president has shown utter disregard for the rules of the game, most of which were tailored-made for him after the 2006 election. Despite this, he is determined to win the elections at any price, violating all norms and principles, not only democratic, but also of the most basic civility. It is no longer just the institutions that he deprecates: now it is, in his famous phrase, “to hell with the country.”

The latter reminds me of that phrase of Chou Enlai’s: “All under heaven is great chaos. The situation is excellent.” López Obrador first causes chaos and then turns it into opportunity. Unfortunately, in contrast to the United States, in Mexico there are no institutions that can resist the pounding and not enough officials who are willing to make them stand. López Obrador has Mexico in tenterhooks. Trump tried that course but America’s institutions made it impossible for him to succeed. Huge difference.

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SPANISH VERSION: 

CONTRASTES

El conflicto es la esencia de la política, pues es ésta la que permite enfrentarlo, administrarlo y procesarlo. La diferencia más fundamental entre las sociedades que enfrentan conflicto radica en cómo lo resuelven, no en el hecho mismo de su existencia. Esta semana Washington fue un escaparate único de los dos lados del conflicto: su explosión y su resolución. “La medida de un país, escribió John Kampfner, no son las dificultades que enfrenta, sino cómo las supera.” ¿Cómo nos comparamos con eso los mexicanos?

Trump nunca fue un presidente normal. Desde su campaña para la presidencia se mostró como un retador de las instituciones y de la forma tradicional de hacer las cosas. Ahora se dedicó a negar el desenlace electoral y movilizó a sus seguidores para que forzaran un cambio en el resultado, incitándolas a tomar control del congreso, que con grandilocuencia se ha llegado a denominar la “capilla de la democracia.” En esto, Trump rompió con la esencia de la política democrática, que parte del principio de que los participantes de entrada aceptan las reglas del juego.

A semejanza del presidente López Obrador, Trump sólo acepta reglas que le favorecen y, sin embargo, el caos que su actitud provocó no duró más que unas horas. Para la madrugada siguiente, Joe Biden había sido formalmente declarado presidente electo y numerosas publicaciones, incluyendo muchas favorables a Trump, pedían su renuncia.

Comportándose como un vulgar tercermundista que privilegia la lealtad sobre cualquier otra cosa, Trump seguramente imaginó que su partido y las personas a las que él había postulado o apoyado para diversos cargos, vendrían a su rescate. Lo impactante de las últimas semanas, pero normal en un país con instituciones sólidas que trascienden a las personas, es la forma en que se procesó el conflicto hasta superarlo. El listado de quienes fueron anulando sus recursos legales y políticos es más que revelador porque fueron republicanos quienes acabaron con los sueños de opio de Trump y sus malévolas tácticas. 

Fueron en su mayoría jueces nombrados por Trump quienes rechazaron sus recursos legales para eliminar votos estado por estado.

Fueron los jueces nominados por Trump a la Suprema Corte (en quienes presumiblemente Trump cifró sus esperanzas de que lo protegerían) quienes rechazaron sus llamados a la salvación. Fue el gobernador republicano de Georgia, a quien Trump apoyó para su elección, quien se negó a doblegarse ante la presión del presidente. Fue el líder republicano del senado, McConnell, quien se opuso a las maniobras que demandaba Trump para impedir la certificación de la elección de Biden.  Fue Tom Cotton, uno de los trumpistas más aguerridos, quien abiertamente condenó el actuar de Trump, quizá indicando que, una vez partiendo, Trump no será tan amenazante para los republicanos como muchos imaginan.

Y, para terminar, fue el vicepresidente Pence, quizá el más sumiso y leal de sus colaboradores, quien se apegó a la norma constitucional para poner el último clavo en el féretro de la presidencia de Trump. Para terminar con la intentona violenta, las policías y guardia nacional no chistaron en cumplir con su responsabilidad de restablecer el orden para permitir que procediera el proceso legislativo.

En el proceso de elección estadounidense, estruendoso y conflictivo como pocos, triunfaron las instituciones y todas las personas quienes, como actores responsables, se apegaron a las reglas del juego porque esa es la esencia de la democracia y de su función. Por más que Trump presionó e hizo berrinches, sus propios allegados se distanciaron.

El contraste no podría ser mayor: en México, por al menos seis años entre 2006 y 2012, López Obrador paralizó a la política mexicana e impidió que su partido, el PRD, participara en los debates legislativos.

Hoy en día, su única misión parece ser la de eliminar cualquier cosa que obstaculice su ansia de poder, así esto implique el empobrecimiento de la población, particularmente aquella que hizo posible, con su voto, que ganara la presidencia. Sus colaboradores, antes y ahora, se han comportado como leales servidores a su causa, jamás privilegiando a las instituciones y a los valores superiores del desarrollo del país. El contraste es impactante.

Estamos por iniciar el periodo de campañas para la renovación de la cámara de diputados, 15 gubernaturas y centenas de municipios y legislaturas locales. El presidente ha mostrado absoluta displicencia para las reglas del juego, la mayoría de las cuales fueron hechas a su medida. A pesar de ello, está empeñado en ganar los comicios al costo que sea, violando toda norma y principio no sólo democrático, sino de la más elemental civilidad. Ya no son sólo las instituciones: ahora es al diablo con el país.

Recuerda aquella frase de Chou Enlai: “Todo bajo los cielos es un gran caos. La situación es excelente.” Primero provoca el caos para después convertirlo en oportunidad. Lamentablemente, en contraste con nuestros vecinos norteños, aquí no hay instituciones que lo resistan ni suficientes funcionarios que estén dispuestos a hacerlas valer. AMLO tiene a México en vilo; Trump lo intentó, pero sus instituciones se lo impidieron. Enorme diferencia.

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Luis Rubio is a Pacific Council member and president of the Mexican Council on Foreign Relations (COMEXI).

This article was originally published by COMEXI.

The views and opinions expressed here are those of the author and do not necessarily reflect the official policy or position of the Pacific Council.

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